Aquel estratega digital que dictaba cátedra sobre cómo manipular el pulso de las redes sociales, el arquitecto de trincheras virtuales y creador de relatos a la medida de la nueva …

Foto: U.S. Department of State / Wikimedia Commons (Public domain)
Aquel estratega digital que dictaba cátedra sobre cómo manipular el pulso de las redes sociales, el arquitecto de trincheras virtuales y creador de relatos a la medida de la nueva derecha regional, hoy solo atina a morderse los labios frente a las cámaras de la televisión boliviana. La imagen de Fernando Cerimedo transitando los pasillos del penal de Palmasola —con la mirada perdida, un llanto contenido que apenas disimula la desesperación y súplicas desesperadas para que le permitan recibir visitas y aire fresco— es la postal más descarnada de una caída en desgracia que ningún algoritmo pudo prever. Su encierro preventivo de 180 días, dictado en el marco de la causa por el brutal ataque a su expareja, la abogada Nadia Beller, pulverizó en cuestión de horas el blindaje de bronce que los operadores de la política 2.0 creen tener garantizado por el solo hecho de habitar el éter digital.
Desde nuestra trinchera en TendenciasX, resulta fascinante —y a la vez patético— observar cómo opera el mecanismo de defensa de estos personajes cuando el asfalto de la realidad choca contra sus castillos de naipes. Entre comunicados redactados a las apuradas desde una celda, súplicas de inocencia y la desesperada venta por migraciones exprés de su mitad en La Derecha Diario al agitador español Javier Negre, Cerimedo intenta desesperadamente blindar lo único que le importa: su billetera y sus activos. Sostiene que le arruinaron la vida, pero omite convenientemente explicar por qué los allanamientos en La Paz desenterraron fajos de billetes, flotas de autos y una maraña de sociedades fantasma que sugieren que el negocio de la "batalla cultural" era, en realidad, un lucrativo desfile de opacidad financiera. Pretende que la opinión pública le crea el cuento del perseguido político mientras la justicia ordinaria lo investiga por un intento de femicidio de manual y por enriquecimiento ilícito de patas cortas.
La onda expansiva de este derrumbe deja al desnudo la extrema fragilidad de una fauna política que creció al amparo de la impunidad de las pantallas. El paso de Cerimedo por el célebre "pueblo prisión" cruza fronteras, incomoda a despachos porteños y descoloca a socios circunstanciales que hoy hacen malabares discursivos para despegarse del apóstol de la incorrección política. Porque al final del día, cuando se apagan los servidores de las granjas de trolls, cuando se seca la tinta de los contratos truchos y cuando el eco de los tribunales reemplaza a los aplausos de Twitter, los artificios caen por su propio peso. Y a los profetas del algoritmo solo les queda aprender, a la fuerza, que las leyes de la física y de la justicia penal no se dejan hackear con un bot.