El próximo gran brote podría no comenzar donde el mundo lo espera. En distintas regiones de Argentina y Sudamérica, investigadores estudian enfermedades transmitidas entre animales…
El próximo gran brote podría no comenzar donde el mundo lo espera. En distintas regiones de Argentina y Sudamérica, investigadores estudian enfermedades transmitidas entre animales y seres humanos que podrían ofrecer pistas sobre cómo surgirán futuras amenazas sanitarias.
Mientras el mundo y a región todavía lidian con consecuencias directas e indirectas de la pandemia del 2020, muy especialmente en lo referente a cuestiones de salud mental que impactaron directamente sobre la juventud de aquel entonces, algunas alarmas se vuelven a encender en círculos científicos
La próxima pandemia podría estar gestándose lejos de las grandes ciudades y, posiblemente, ni siquiera haya comenzado todavía. Esa es una de las preocupaciones que lleva a científicos de distintos países a observar con mayor atención enfermedades poco frecuentes que aparecen en determinadas regiones de Sudamérica.
Argentina ocupa un lugar particular en ese mapa. El país convive con virus y otros agentes infecciosos que circulan entre animales y personas, algunos de ellos conocidos desde hace décadas y otros que pueden adquirir nuevas características a medida que cambian las condiciones ambientales.
El hantavirus es uno de los ejemplos más conocidos. En determinadas zonas rurales y periurbanas, el virus puede transmitirse a las personas a partir del contacto con roedores infectados. Argentina registra casos todos los años y posee una experiencia acumulada importante en la vigilancia de esta enfermedad.
Pero el interés de los investigadores no está solamente en los virus que ya provocaron brotes. El verdadero desafío consiste en detectar aquellos microorganismos que actualmente permanecen confinados a determinadas especies animales o regiones y que, bajo ciertas condiciones, podrían comenzar a transmitirse entre personas.
El salto entre especies que cambió la historia
Muchas de las grandes enfermedades infecciosas que afectan a los seres humanos tienen un punto de partida común: el contacto entre personas y animales.
El ébola, por ejemplo, está asociado con eventos de transmisión desde animales hacia humanos. Lo mismo ocurrió con el virus que provocó la pandemia de COVID-19, aunque el origen exacto de esa pandemia continúa siendo objeto de investigación y debate científico.
El proceso se conoce como salto zoonótico. Se produce cuando un microorganismo que circulaba principalmente entre animales consigue infectar a una persona.
La mayoría de esos episodios no termina provocando una pandemia. El virus puede desaparecer después de infectar a unos pocos individuos porque no consigue adaptarse a la transmisión entre humanos.
El escenario cambia cuando logra superar esa barrera.
Ahí aparece uno de los mayores desafíos de la vigilancia sanitaria: identificar una amenaza antes de que tenga la oportunidad de expandirse.
Argentina tiene un laboratorio natural para estudiarlo
La diversidad ambiental de Sudamérica convierte a la región en un territorio especialmente interesante para este tipo de investigaciones.
En Argentina existen ambientes muy diferentes entre sí, desde zonas selváticas y subtropicales hasta regiones agrícolas, bosques, humedales y áreas urbanizadas. Esa variedad favorece la convivencia entre numerosas especies animales y poblaciones humanas.
Cuando los ecosistemas se transforman, esa relación también cambia.
La expansión de actividades agropecuarias, la deforestación, el crecimiento de las ciudades y el desplazamiento de personas pueden aumentar los puntos de contacto entre seres humanos y animales que anteriormente permanecían separados.
Ese fenómeno no significa que cada transformación ambiental vaya a producir una nueva epidemia. Pero sí puede modificar las oportunidades para que un microorganismo encuentre un nuevo huésped.
El cambio climático agrega otra variable
Los científicos también observan el impacto del cambio climático.
Las temperaturas más elevadas y las modificaciones en los patrones de lluvia pueden alterar la distribución geográfica de animales, insectos y otros organismos que actúan como reservorios o vectores de enfermedades.
En Argentina, el avance del mosquito Aedes aegypti hacia nuevas zonas y la expansión del dengue durante los últimos años son ejemplos de cómo las condiciones ambientales pueden modificar el comportamiento de una enfermedad.
Pero una futura pandemia podría involucrar otro tipo de agente infeccioso.
El problema es que resulta imposible saber de antemano cuál será.
Por eso, la vigilancia de enfermedades aparentemente aisladas puede tener un valor mucho mayor del que parece. Un aumento inusual de casos, un cambio en la distribución de una especie o la aparición de una enfermedad en una zona donde antes no existía pueden convertirse en señales que los investigadores necesitan detectar rápidamente.
No todo virus nuevo se convierte en una pandemia
Existe además un punto fundamental que suele perderse cuando se habla de “la próxima pandemia”.
Que un virus pase de un animal a una persona no significa automáticamente que pueda provocar una emergencia mundial.
Para que una enfermedad se transforme en una amenaza de gran escala deben combinarse diferentes factores. El microorganismo tiene que conseguir infectar a seres humanos, multiplicarse, transmitirse con suficiente eficiencia y encontrar condiciones que favorezcan su expansión.
Por eso, los científicos buscan estudiar esos primeros pasos.
La estrategia consiste en detectar las señales antes de que el problema alcance una dimensión imposible de controlar.
Argentina ya cuenta con sistemas de vigilancia epidemiológica que permiten recopilar información sobre diferentes enfermedades y analizar su evolución. Sin embargo, la capacidad de anticiparse a una amenaza depende también de la disponibilidad de laboratorios, investigadores, recursos y coordinación entre organismos.
La lección que dejó el coronavirus
La pandemia de COVID-19 modificó para siempre la manera en que el mundo observa las enfermedades emergentes.
Durante años, muchos de los mecanismos de vigilancia y preparación sanitaria se consideraron asuntos especializados. La aparición del coronavirus demostró que un evento inicialmente localizado puede convertirse en una crisis mundial en cuestión de semanas o meses.
La consecuencia fue un cambio de enfoque: ya no alcanza con responder cuando una enfermedad comienza a propagarse. La prioridad es intentar identificar los riesgos antes.
En Sudamérica, esa tarea tiene una dificultad adicional. La región presenta enormes diferencias en infraestructura sanitaria, acceso a diagnóstico y capacidad de investigación.
Una enfermedad puede aparecer primero en una comunidad pequeña y permanecer prácticamente invisible si no existen los recursos necesarios para detectarla.
La próxima amenaza puede estar donde nadie está mirando
Los investigadores no intentan adivinar cuál será el próximo virus pandémico. La tarea es más compleja: construir sistemas capaces de encontrarlo antes de que sea demasiado tarde.
Eso implica estudiar animales, monitorear enfermedades humanas, analizar cambios ambientales y compartir información entre países.
Argentina, por su diversidad ecológica y por la presencia de enfermedades zoonóticas conocidas, forma parte de ese esfuerzo.
El mayor desafío consiste en comprender que una enfermedad “rara” no necesariamente es irrelevante. Algunas pueden permanecer durante años limitadas a determinados lugares sin generar una emergencia. Pero las condiciones que las rodean pueden cambiar.
Un nuevo patrón climático, una modificación del hábitat, el desplazamiento de animales o una mayor interacción con poblaciones humanas pueden alterar ese equilibrio.
La próxima pandemia podría comenzar con un pequeño grupo de casos que inicialmente parezcan aislados. La diferencia entre detectarlos a tiempo o descubrirlos cuando ya se multiplicaron podría determinar la magnitud de la crisis.
Por eso, para los científicos, observar las enfermedades que hoy parecen poco frecuentes no es una cuestión de alarmismo. Es una forma de intentar anticiparse a la próxima gran amenaza sanitaria.
Serán todas cuestión científicamente fundadas o alertas sensibles del drama reciente?